Entre Brexit y Cataluña, el nacionalismo pone a prueba la resistencia de la UE

Londres – El desafío independentista en Cataluña y la victoria del Brexit en Reino Unido aparecieron como nuevas expresiones de los nacionalismos europeos que, según analistas del continente, pusieron a prueba en los últimos meses la pertinencia y la solidez de la Unión Europea.

El deseo de independencia de la región del noreste de España de momento encalló, pero recordó que en Europa existen comunidades o países enteros que reivindican su especificidad y quieren ser independientes de un poder central al que acusan de cortarles las alas.

En Reino Unido, la decisión de romper con Bruselas se basó en una cuestión de soberanía y en el rechazo a financiar una organización de burócratas que, según los partidarios del Brexit, impone sus reglas e impide a la isla desplegarse mundialmente.

En Cataluña, se sumaron argumentos emocionales y económicos para justificar la independencia frente a un Estado español considerado un freno a la prosperidad y a la expresión de una identidad.

Cronología sobre la reivindicación de autonomía catalana. Gráfico: Sabrina Blanchard, Marimé Brunengo

Simplicidad engañosa

«Los nacionalistas han entendido que en las regiones desarrolladas y prósperas no es suficiente con apelar a la idea de una nación cuya cultura está oprimida desde el principio de los tiempos», señala Bruno Yammine, historiador especialista en Bélgica.

«El nacionalismo cultural y étnico esta ahora ‘legitimado’ por motivos económicos, sobre todo al evocar el rechazo a la solidaridad fiscal con regiones más pobres», explica.

Así, los partidarios del Brexit defendieron un argumento de engañosa simplicidad: mejor conceder a nuestro servicio público de salud el dinero que entregamos a fondo perdido a la UE.

En Barcelona existe la «idea de una Cataluña que podría ser una plataforma internacional en el marco de la UE […] es lo que ha animado la hipótesis secesionista», en opinión de Andrés de Blas Guerrero, politólogo de la Universidad de Educación a Distancia española.

Junto a los factores económicos han aparecido como temas dominantes en varios países el discurso sobre una identidad nacional amenazada por la inmigración y el rechazo a las élites, que alimentan la versión populista del nacionalismo.

Para Renaud Thillaye, analista de temas europeos de Flint Global, en Londres, el éxito del nacionalismo está vinculado «por un lado, a la corrupción y al descrédito de los partidos tradicionales y a la sed de una democracia más cercana. Por otro, a la necesidad de un arraigo cultural en torno a una lengua y a un patrimonio común».

Como telón de fondo está la globalización, que refuerza las diferencias de riqueza entre ganadores y perdedores, poniendo a prueba la solidaridad nacional.

«Combate de retaguardia»

La UE quiere evitar a toda costa la multiplicación de Estados y hace todo lo posible para desincentivar las aspiraciones independentistas, incluso aunque los escoceses, los catalanes o los corsos «vean a priori en la UE un potencial aliado contra los Estados centrales», subraya Thillaye.

Así, no se ha involucrado en la crisis catalana y ha evitado garantizar a los escoceses un estatuto especial después del Brexit, como éstos esperaban.

Esto es lo que hace decir a Yammine que «el peligro planteado por el nacionalismo catalán y, por extensión, por todos los nacionalismos en el seno de los Estados miembros, solo es teórico. Ningún Estado desea una proliferación de los separatismos, ya que casi cada país europeo cuenta con sus propias minorías, de las que algunos líderes tienen aspiraciones nacionalistas».

De momento la UE ha superado el test de resistencia. Es cierto que la decisión de salida de Reino Unido ha sido un golpe, pero como el país no está en el euro, se ha evitado la inestabilidad financiera. Y las dolorosas negociaciones sobre el divorcio podrían quitarle las ganas de imitarlo a otros miembros del club.

Pero el peligro no está del todo descartado, ni a nivel regional ni nacional.

«La determinación regional no está cerca de desaparecer, ni tampoco el papel de las grandes ciudades en torno a las cuales se organizan ecosistemas con vocación mundial», señala Renaud Thillaye.

«Los países que no sepan encontrar una salida a estas demandas se arriesgan a sufrir problemas importantes, como se ve en Cataluña».

Para Matthew Goodwin, politólogo de la universidad de Kent, «los sistemas políticos en Europa nunca fueron tan inestables, con cambios en el voto y pérdida de apoyo a los partidos establecidos, mientras que la división entre nacionalistas y cosmopolitas se vuelve tan importante como la tradicional división entre derecha e izquierda».

Las elecciones del próximo año en Italia, Hungría y Suecia serán una ocasión para examinar el arraigo de los partidos antiélite, euroescépticos y populistas que se presenten.

Por Florence Biedermann