Chipre, nueva ruta del exilio de migrantes listos para «morir en el mar»

Nicosia – Durante 26 horas, Mustafá permaneció escondido en un contenedor a bordo de un ferry de Turquía a Chipre, la pequeña isla mediterránea que, según los expertos, forma parte de una nueva ruta del exilio.

En dos años, el número de solicitudes de asilo pasó de 730 personas a inicios de 2017 a 3.015 a comienzos de 2019.

Las cifras son bajas en comparación con las de Italia o Grecia, pero este país de un millón de habitantes tiene ahora la tasa más alta de llegada de refugiados en la Unión Europea (UE), ocho veces más que en Francia, según la Oficina Europea de Estadísticas Eurostat.

Y esas cifras sólo incluyen la parte sur, administrada por las autoridades chipriotas. La parte norte está bajo ocupación turca desde 1974.

«Para los refugiados, Chipre nunca fue un destino ideal: es una isla y está muy lejos de Europa», explica Zenonas Tziarras, investigador del centro PRIO. «Pero ahora, es su única opción. La ruta de emigración hacia la UE por Grecia se cerró, y las condiciones de acogida en los países vecinos de Siria, como Turquía y Líbano, se deterioraron. Para los sirios, Chipre parece muy cerca», agrega.

Servicios saturados

Omar, de 33 años, vivía en un campo de refugiados en Líbano cuando logró reunir 1.000 dólares para embarcar rumbo a Chipre junto con siete pasajeros más. «El precio era muy bajo, era una lancha neumática de 3 metros», relata. Los otros siete pasajeros, también sirios, murieron ahogados. Omar sobrevivió agarrado de un neumático durante tres días en el mar antes de ser rescatado por un carguero.

Las costas chipriotas están a 100 kilómetros del Líbano y a 80 de Turquía, por lo que los traficantes proponen esta peligrosa vía a los sirios que, como Omar, «prefieren morir en el mar que en Siria».

Los sirios, cuyo país está en guerra desde 2011, son los principales refugiados en Chipre, según Eurostat.

«Conocí los campos en Líbano y Turquía. Aquí se nos trata mejor», asegura Moustafa, de 23 años, quien está desde hace 10 días en un tienda del campamento de Pournara, a 20 kilómetros de Nicosia. «Apenas salga del campamento, encontraré un trabajo y reconstruiré mi vida», confía.

Pero los servicios de recepción están saturados y a veces toman entre seis meses y un año para otorgar permiso de trabajo en Chipre, explica un funcionario bajo anonimato. «Antes, había decenas de refugiados por año, hoy son miles por trimestre», expresa.

En Nicosia, la ONG Caritas registró un «aumento espectacular» de migrantes que piden ayuda, dice Elizabeth Kassinis, directora de la organización. Además de los sirios, «vienen cada vez más personas del oeste de África», explica.

«Rompecabezas»

Para llegar a Chipre, Mustafá pagó 4.000 dólares, que incluían el paso de la ‘línea verde’ que separa a las dos partes de la isla.

Nicosia acusa a la República Turca de Chipre del Norte (RTCN) –autoproclamada y no reconocida por la comunidad internacional– de cerrar los ojos a ese paso. En 2019, 3.000 migrantes cruzaron la porosa ‘línea verde’, para pedir asilo en el sur, contra 138 en 2017, según el ministerio del Interior.

«Para Nicosia, la ocupación turca significa que la situación migratoria no puede ser controlada. Es un rompecabezas», manifiesta Tziarras. Para el experto, «exacerba la crisis» el hecho de que Chipre sea un isla en paz en una región inestable y esté dividido por una demarcación no reconocida como frontera. «Turquía es parte del problema, pero la ayuda solo puede venir de la UE», principalmente financiera, considera.

Bruselas está a 3.000 kilómetros de Nicosia y unos controles estrictos separan a los refugiados de la mayoría de países europeos. «Cuando los refugiados se dan cuenta de que hicieron toda esa ruta para estar tan lejos de Europa (…) se sienten engañados», dice Kassinis.

Omar no se arrepiente. Desde hace siete meses, vive en la aldea de Astromeritis, donde espera traer algún día a su familia de Siria. No en barco, sino en avión, más seguro.

Por Anaïs Llobet