La odisea de Mohamed Alheb, de una cárcel yihadista al asilo en Grecia

Lesbos (Grecia) – Capturado por el grupo Estado Islámico (EI), dado por muerto a mediados de 2016, Mohamed Alheb acaba de reunirse con su mujer y su hijo en la isla griega de Lesbos tras una odisea siria de año y medio.

«En cuanto me capturaron, me vendaron los ojos. Tuve miedo de no volver a ver a Abdur, mi hijo», que hoy tiene dos años y medio, cuenta desde Grecia este sastre de 30 años.

Jordania, en 2012, Turquía, en enero de 2016, con Europa como objetivo. La primera parte de su recorrido se parece al de decenas de miles de compatriotas que la guerra siria envió al exilio.

«No era de ningún partido, no me preocupaba por eso, sólo veía cómo se destruía Siria», declara.

Pero, a primeros de 2016, el destino de Mohamed se unió al de los sirios que sufrieron las atrocidades del EI, cuando intentó volver a su casa para recuperar documentos familiares.

Afirma, sin que su testimonio se pueda comprobar de forma independiente, que fue encarcelado por los yihadistas. «Nos llevaron a un sótano, sumido en una oscuridad total. El lugar era tan pequeño que no podía estar de pie ni acostado. Oía sin cesar los gritos de la gente torturada. A mí también me pegaban e insultaban, me trataban de desertor por no haberme unido al EI».

Miedo al olvido 

Para su mujer, Nahil, una palestina de 26 años que permaneció en casa de familiares en Turquía, comenzó una larga espera: «No sabía dónde estaba, lo esperaba para irnos juntos a Europa», recuerda.

Su padre acabó llevándosela a la provincia de Mersin, en la costa meridional de Turquía, de donde salió con rumbo a Grecia en noviembre de 2016.

A su llegada a Lesbos, estuvo dos meses en el campo de Moria, donde se siguen hacinando unos 5.500 refugiados, antes de ser alojada en un hotel y en un piso de la ONG Iliaktida.

Entretanto, el EI fue expulsado en agosto de 2016 de la región de Al Bab, cerca de Alepo, donde Mohamed trataba de sobrevivir con sus compañeros de cautiverio.

Antes de marcharse, los «soldados del EI nos tiraron en una fosa común», asegura. Al salir de allí, el sirio emprendió una larga búsqueda de su familia.

«Fracasé siete veces al intentar entrar en Turquía antes de conseguirlo», rememora. Fue a mediados de 2017 cuando al fin logró contactar con su familia. «Unos familiares le dieron mi número de teléfono. No me podía creer que oía su voz. Había empezado a temer que nuestro hijo olvidara a su padre», cuenta Nahil.

«Lo principal es estar vivo»

Mohamed tuvo que hacer tres intentos antes de burlar a la guardia fronteriza turca, esta vez en el mar Egeo. En agosto llegó a Samos, otra entrada hacia Europa para los migrantes de Oriente Medio, al sur de Lesbos.

El flujo de migrantes hacia Europa se había reducido de forma considerable desde 2015 tras el cierre de las fronteras europeas, pero las rutas de Turquía y Grecia volvieron a registrar una importante actividad durante el verano boreal, con 5.000 llegadas en septiembre.

Para la familia Alheb, el final feliz de su historia llegó tras dos meses de negociaciones con las autoridades griegas y la intervención de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Mohamed tomó un barco de Samos a Lesbos. «Me esperaban en el puerto; mi hijo caminaba», recuerda.

Después de que las autoridades aceptaran la demanda de asilo de su familia, le queda una última travesía, hacia Atenas, para emprender una nueva vida. «Mi tío ya vive allí,» explica Mohamed. «Voy a intentar encontrar trabajo. Lo principal es estar vivo», destaca.

Por Anthi Pazianou