La migración ilegal de África a Europa sigue pese a todos los peligros

Kano (Nigeria) – Uche llegó desde el sur a la gran ciudad de Kano, en el norte de Nigeria, en medios de transporte a menudo abarrotados y por una carretera llena de baches. Hace cuatro días que espera y su periplo hacia Europa aún no ha comenzado.

Su camino está trazado de antemano: llegar a Agadez, la ciudad de Níger a las puertas del Sáhara y viajar en camión hasta Sabha, en el suroeste de Libia. De allí a Trípoli, y luego Italia o España. Si todo sale bien.

Sin embargo, apenas comienza el viaje surgen los problemas. El traficante que debía hacerle cruzar la frontera con Níger fue detenido. «Su casa quedó bajo vigilancia», relata Uche, electricista. De momento, está varado en Kano, en el barrio cristiano de la ciudad, donde encontró un amigo que lo aloja.

Pero Uche, un hombre de baja estatura, que viste vaqueros y zapatillas deportivas blancas, no se desanima por este primer contratiempo. Está decidido a seguir su camino. «Voy a dar vueltas hasta encontrar a alguien que me lleve a Agadez», explica el joven a la AFP.

Sabon Gari es el barrio cristiano de Kano, capital milenaria del islam. Es conocido por sus mercados, sus edificios abarrotados de gente, los bares donde se consume mucha cerveza y los prostíbulos.

Estos últimos años, Sabon Gari también se convirtió en blanco de la policía que persigue a  los traficantes de personas. Kano está peligrosamente cerca de Europa.

Entre el 1 de enero y el 24 de mayo de 2017, más de 60.000 personas llegaron a Europa por vía marítima, según la Organización Internacional de Migraciones (OIM).

La cifra es muy inferior al mismo período del año pasado, en el que 193.000 migrantes llegaron a las costas italianas, griegas, chipriotas o españolas. Las salidas desde Siria no son tan frecuentes desde que los acuerdos con Turquía frenaron el flujo.

Sin embargo, la ruta marítima entre el norte de África y el sur de Europa no ha cesado. Más de 41.000 personas llegaron desde África a través de Libia para entrar a Italia en embarcaciones precarias (contra las poco menos de 27.000 en 2016).

La cantidad de muertos aumentó trágicamente. Más de 982 personas murieron entre enero y mayo de 2016. Y 1.442 hasta junio de 2017. Estas cifras sólo contabilizan los cadáveres encontrados.

Presión europea

La migración africana hacia Europa no es un fenómeno nuevo y representa una ínfima parte de las migraciones mundiales: más del 90% permanece en su continente.

Durante mucho tiempo, los dirigentes hicieron la vista gorda ante el fenómeno, que representa una importante fuente de recursos para el continente africano, gracias al dinero enviado a los familiares que permanecen en África.

Sin embargo, el electorado europeo se siente asediado y manifiesta cada vez más su descontento. La Unión Europea invirtió un fondo de 1.800 millones de euros en proyectos para el desarrollo en países que se comprometan a luchar contra la emigración ilegal.

Hay conversaciones con representantes de etnias nómadas que controlan las rutas del desierto, se construyeron centros de detención y albergues para las personas repatriadas.

Nigeria, principal país de partida en África, puso en marcha una política contra la emigración ilegal. Níger condena a 30 años de cárcel a los traficantes de migrantes y su policía lleva a cabo redadas frecuentes en los «guetos», los locales donde se agrupan los aspirantes a partir.

Richard Danziger, director de la OIM para África Occidental y Central, nota «un importante cambio de actitud y en las políticas» de los gobiernos africanos. «Existe además una verdadera conciencia del lado humano, los muertos en el Mediterráneo o en el desierto ya no es aceptable», agrega Danziger.

En colaboración con los países de origen, la OIM acelera las repatriaciones voluntarias de personas detenidas en Libia. Muchos están extenuados, a veces heridos o traumatizados. Pero otros muchos sólo piensan en volver a partir.

Y a pesar de que hay una mayor conciencia, los países de África Occidental disponen de pocos medios para implementar una verdadera legislación contra las partidas. La agencia nigeriana de prohibición de trata de personas (NAPTIP) carece de personal suficiente y de dinero. En un país sacudido por los conflictos, donde el nivel de salud es mínimo y las escuelas carecen de profesores, hay otras prioridades.

El sistema de vigilancia, gangrenado por una corrupción generalizada, tampoco ayuda a luchar contra el tráfico de personas. Ciertos convoyes de camiones parten con escolta militar y en puestos de control a lo largo de la carretera hay soldados que cobran peajes clandestinos a los que pasan.

Desde la eliminación de Muamar el Gadafi en 2011 tras una ofensiva militar occidental, en Libia no existe Estado de derecho. El líder libio aceptaba desempeñar el papel de última fortaleza de protección de Europa a cambio de grandes sumas de dinero. Actualmente, exagentes de policía se convirtieron en capitanes de embarcaciones precarias.

Sistema criminal

El año pasado, más de 37.000 nigerianos llegaron a Italia y Grecia de manera ilegal: casi tres veces más que el segundo país de origen, Guinea.

Al igual que Uche, huyen de una economía en recesión por la caída de los precios del petróleo, fatal para el principal productor del continente, de la inflación, el desempleo, la pobreza masiva y la falta de infraestructuras. «La vida aquí es difícil a causa de la crisis económica y pienso que podré tener mejores oportunidades y una vida mejor en Europa», declara Uche.

Europol, el departamento europeo de policía, admite que hay pocas posibilidades de detener la inmigración clandestina alimentada por conflictos o por las desigualdades entre Norte y Sur.  Este tipo de emigración alimenta además un sistema criminal que ha aportado hasta 6.000 millones de euros a las redes mafiosas, según Europol.

Ahmad, un joven nigeriano conducía un camión en la ruta entre Agadez y Sabha en el que transportaba en cada viaje a una treintena de nigerianos, malíes, togoleses o marfileños. El camión realizaba esa ruta de nueve días dos veces por mes. Cada pasajero debía pagar 50.000 narais (unos 150 euros), cerca de tres veces el salario mínimo en Nigeria.

«Me gané muy bien la vida», admite. «Construí una casa y compre otras cosas. Pero ahora las cosas cambiaron y tenemos a las autoridades encima». Hay patrullas aéreas que recorren el desierto, explica Ahmad, que no comprende por qué es condenable su actividad. «Hacemos simplemente lo que nos piden: transportarlos», dice.

Los estudios realizados en las rutas del Sáhara y del Sahel muestran, sin embargo, que los traficantes están a menudo implicados en tráfico de drogas y armas.

Sin otra fuente de ingresos y gangrenadas por los cárteles, estas regiones que ya son las más pobres del mundo podrían caer en el extremismo religioso. La pobreza y la falta de educación es uno de los principales factores de reclutamiento de grupos armados islamistas como Boko Haram y AQMI (Al Qaida en el Magreb Islámico), muy activos en la zona.

Más allá de las políticas de represión, Fabrice Leggeri, director de la agencia de vigilancia de las fronteras europeas, Frontex, preconiza incrementar los mensajes preventivos. «Creo que el mensaje que hay que enviar a todos los países donde hay aspirantes a emigrar a Europa es que se trata de un engaño. No es el paraíso que describen los traficantes».

Un mensaje que Uche se niega a escuchar. «La gente admite que la ruta es peligrosa, pero igual está dispuesta a intentarlo», dice. «Muchos lo han logrado. ¿Por qué no yo? Hay que saber correr riesgos en la vida».

Por Aminu Abubakar y Phil Hazlewood