La contaminación lumínica

A fines del siglo XVIII en París, cuando caía la noche y había luna llena, solo se encendían la mitad de los faroles de la calle. Y no era por tema ecológico, sino por ahorrar.

Hoy, la contaminación lumínica representa una verdadera calamidad.

Cuando cae la noche, la iluminación pública, de edificios, de estadios, o las luces de los vehículos envuelven a la ciudad de un halo luminoso que no deja ver las estrellas.

Un fenómeno que se ha acelerado en los últimos 20 años. A tal punto que, desde el espacio, en las noches, se pueden ver grandes partes de La Tierra.

Pero los peligros son varios. La luz artificial atrae a millones de insectos que no pueden servir de alimento para los pájaros. Y esto desequilibra la cadena alimenticia.

Desorienta a los pájaros migratorios, que no pueden ver las estrellas.

Y desregula el ciclo de vida de los árboles, pues la luz nocturna hace que pierdan las hojas más tarde de lo habitual.

Para el ser humano también es peligroso. Provoca trastornos de sueño, problemas de concentración y según algunos estudios, la fuerte y duradera exposición a la luz artificial aumenta el riesgo de contraer cáncer.

Así y todo, muchas veces se gasta luz inútilmente: se enciende apuntando al cielo o a las fachadas, en lugar de alumbrar el suelo.