En Serbia, los migrantes malviven a las puertas de la UE

Sid, Serbia – Agotados por largos meses de espera en Serbia, decenas de jóvenes migrantes sobreviven en condiciones espantosas en Sid, pequeña localidad junto a la frontera con la Unión Europea, que cada día intentan cruzar.

A medida que se instala el invierno, los migrantes se dirigen ateridos a una imprenta abandonada. Muy cerca está la última estación de tren antes de Croacia.

Los voluntarios occidentales les distribuyen ahí café, manzanas, huevos y un poco de agua para limpiarse, a veces entre críticas de la población local.

Algunos migrantes caminan mucho: su campamento está lejos, a menudo en el bosque para permanecer a distancia de la policía. Su ropa está sucia, sus rasgos son tensos, los rostros envejecidos.

«Estoy roto», dice un afgano de 28 años, que se presenta como «Sirg» y relata las gélidas noches serbias en estas «junglas». «Nos decimos: mañana estaremos muertos». Sirg asegura haber intentado más de 60 veces pasar a Croacia, y que una vez incluso llegó a Eslovenia pero fue interceptado y expulsado.

Según Andrea Contenta, de Médicos Sin Fronteras, unos 5.000 migrantes están bloqueados en Serbia, la mayoría de ellos en centros oficiales. Unos 500 se calcula que duermen en el exterior, en Sid, Belgrado o Sombor, en el norte.

Para estos hombres, las posibilidades de conseguir su objetivo disminuyen con el tiempo: las fronteras están mejor protegidas, ellos mismos se debilitan o caen enfermos, el dinero se les acaba.

«Lo intentamos cada día. Estamos cansados», dice Hamza, de 27 años, originario de Biskra, en Argelia, que espera llegar a Bélgica. La noche anterior fue interceptado y expulsado por la policía croata. Volverá a intentarlo al día siguiente.

Todos los medios valen: a pie, escondidos en los camiones, encaramados en los trenes de mercancías…

«Desesperados, sin alternativa, algunos deciden asumir enormes riesgos para proseguir su viaje, sin preocuparse de los peligros y los rigores del invierno», dice Andrea Contenta. «Las medidas disuasorias de Europa no detendrán a esta gente», advierte.

Violencia y tensiones

«Lo intento, y lo sigo intentado», dice Alí Amjad, de 24 años, de Kabul. Hace casi dos años que está en Serbia, igual que «Kako», a su lado, que ríe sin razón y parece sufrir trastornos psiquiátricos.

A veces estallan las peleas entre diferentes nacionalidades. La semana pasada un norafricano fue apuñalado en el corazón y se le evacuó a un hospital de Novi Sad.

Un argelino que se presenta como «Miki» Salem, de 21 años, tiene el brazo en cabestrillo, y muestra vendajes en las nalgas, donde fue apuñalado. «Eran afganos, no era una pelea, fue una agresión por dinero», dice.

«No se puede uno quedar aquí ¡Esta es una vida de mierda!», se queja este pastelero, que rechaza la idea de retornar a Argelia. «Corremos el riesgo, nos buscamos la vida». Cuando el invierno sea demasiado duro, irá a refugiarse a Belgrado, y volverá a Sid en marzo.

Tras la pelea, la policía detuvo a decenas de migrantes para enviarlos al campo de Presevo, en el sur. Para volver a la frontera, tendrán que pagar 150 euros a traficantes serbios que los conducirán en coche.

Relaciones tensas

Estas peleas, la pequeña delincuencia y las rapiñas para sobrevivir tensan las relaciones con la población local.

Zoran Petrovic, de 44 años, agricultor de la cercana localidad de Batrovci, asegura que le han robado animales durante la noche. «Vienen en grupos de 10 a 15, y se llevan cinco animales al mismo tiempo».

«Sid ha sido sacrificado puesto que se trata de un pequeño pueblo fronterizo», denuncia Natasa Cvjetkovic, de 43 años, consejera municipal de oposición de un pequeño partido centrista, el SDS.

«Lo esencial es que esto no afecte a las grandes ciudades», se queja.

 

Por Nicolas Gaudichet y Jovan Matic