Cursos de francés al aire libre en París para los migrantes

París – «Esta mañana me levanté, me dolían los dientes». Con sus cuadernos apoyados en las rodillas, sentados en las escaleras de la plaza Stalingrad de París, varias decenas de migrantes repiten a coro las frases de su profesor de francés.

Hace buen tiempo, pero ya estén a «-5 grados», como el invierno pasado, o con una ola de calor, el grupo, de unas cien personas, se reúne invariablemente todas las noches para una hora de curso de francés al aire libre, en las laderas de hierba que cercan la plaza, en el norte de la capital.

«Me duele la espalda», dice Pierre Piacentini delante de la pizarra, alzando la voz y ayudándose de gestos, tratando de que le entiendan sus alumnos del «nivel 2», apretujados en los escalones o de pie, en lo más alto, por falta de espacio.

El ruido de una fuente, la música de un bar cercano y la circulación complican a veces su tarea.

«Me duele la espalda», repite al unísono una cincuentena de hombres de entre 18 y 30 años, la mayoría de Darfur o de Afganistán, mientras toman notas.

La escena llama la atención de los viandantes y muchos de ellos se paran a mirar.

Omar, un solicitante de asilo sudanés de 28 años, explica que asiste a los cursos desde hace nueve meses. Antes, no sabía «nada» de francés. «Ahora hablo bien», afirma sonriendo.

Hissan, un egipcio de 27 años que lleva un mes en el curso, no sabe qué nivel tiene. «Lo entiendo pero no sé hablarlo», dice en inglés.

Está en Europa desde hace diez años. «Grecia, Italia, Francia, Reino Unido, Bélgica, Calais [norte de Francia]», enumera, asegurando que renunció a viajar a Gran Bretaña y que prefiere quedarse en Francia. No tiene documentos, pero sí «una casa, un oficio» de albañil, explica.

«Paliar un déficit del Estado»

Los cursos, organizados por la asociación BAAM (Oficina de Acogida y Acompañamiento de Migrantes, por sus siglas en francés), comenzaron hace más de un año y medio en una decena de lugares de la región de París, incluyendo esta plaza, cerca de la cual se desmanteló un gigantesco campamento en noviembre.

Puesto que la Oficina Francesa de Inmigración y de Integración (OFII) solo ofrece cursos de francés a los inmigrantes que cuentan con el estatus de refugiado, la asociación quiere «paliar un déficit del Estado» con cursos para todos los migrantes, sea cual sea su estatus.

«El problema es que el tiempo de la solicitud de asilo es tan largo que la gente quiere aprender francés y no puede», considera Julian Mez, uno de los fundadores de la asociación. «Es un tiempo perdido» que retrasa su integración y la capacidad de encontrar un empleo, empezar los estudios o socializarse, añade.

Como Pierre Piacentini y Louise, su colega de 22 años que se deja los pulmones al pie de la escalera de los «principiantes» haciéndole repetir el alfabeto a sus alumnos, todos los profesores son voluntarios y tienen otras ocupaciones profesionales.

Pierre Piacentini, enfermero jubilado, da cursos «todos los días» desde hace nueve meses. «Se ha convertido en una droga», afirma riendo.

Habla de todo lo que se comparte, de las diferencias culturales y de las pequeñas torpezas, como cuando, durante una clase sobre la familia, se sorprendió de que todos los sudaneses solo mencionaran a sus hermanos. «¿Pero ustedes no tienen hermanas?», preguntó. Más tarde, uno de ellos le explicó, aparte, que no se debía preguntar sobre las mujeres de la familia.

La ausencia de mujeres en los cursos es manifiesta: no hay ni una. «Nunca», confirma Piacentini, precisando que la mayoría de migrantes que asisten a los cursos son hombres que viajaron solos desde sus países.

Además de enseñarles francés, los voluntarios también ayudan a los migrantes en su vida cotidiana, explicándoles los trámites administrativos o traduciendo formularios, por ejemplo.

«Es un acto político», concluye Piacentini, mientras examina el dosier de solicitud de asilo de un de sus alumnos al terminar de la clase.

Por Marie Dhumieres